
Amar es
este tímido silencio
cerca
de tí, sin que lo sepas,
y recordar
tu voz cuando te marchas
y sentir
calor de tu saludo.
Amar es
aguardarte
como si
fueras parte del ocaso,
ni antes
ni después, para que estemos solos
entre
los juegos y los cuentos
sobre
la tierra seca.
Amar es
percibir, cuando te ausentas,
tu perfume
en el aire que respiro,
y contemplar
la estrella en que te alejas
cuando
cierro la puerta de la noche.
La renovada
muerte de la noche
en la
que ya no nos queda sino la breve luz de la conciencia
y tendernos
al lado de los libros
de donde
las palabras escaparon sin fuga, cruficidas en mi mano,
y en esta
cripta de familia
en la
que existe en cada espejo y en cada sitio la evidencia del crimen
y en cuyos
roperos dejamos la crisálida de los adioses irremediables
con que
hemos de embalsamar el futuro
y en los
ahorcados que penden de cada lámpara
y en el
veneno de cada vaso que apuramos
y en esa
silla eléctrica en que hemos abandonado nuestros disfraces
para ocultarnos
bajo los solitarios sudarios
mi corazón
ya no sabe sino marcar el paso
y dar
vueltas como un tigre de circo
inmediato
a una libertad inasible.
Todos
hemos ido llegando a nuestras tumbas
a buena
hora, a la hora debida,
en ambulancias
de cómodo precio
o bien
de suicidio natural y premeditado.
Y yo no
puedo seguir trazando un escenario perfecto
en que
la luna habría de jugar un papel importante
porque
en estos momentos
hay trenes
por encima de toda la tierra
que lanzan
unos dolorosos suspiros
y que
parten
y la luna
no tiene nada que ver
con las
breves luciérnagas que nos vigilan
desde
un azul cercano y desconocido
lleno
de estrellas poliglotas e innumerables.
Tú,
yo mismo, seco como un viento derrotado
que no
pudo sino muy brevemente sostener en sus brazos una hoja que arrancó
de los árboles
¿cómo
será posible que nada te conmueva
que no
haya lluvia que te estruje ni sol que rinda tu fatiga?
Ser una
transparencia sin objeto
sobre
los lagos limpios de tus miradas
oh tempestad,
diluvio de hace ya mucho tiempo.
Si desde
entonces busco tu imagen que era solamente mía
si en
mis manos estériles ahogué la última gota de tu sangre
y mi lágrima
y si fue
desde entonces indiferente el mundo e infinito el desierto
y cada
nueva noche musgo para el recuerdo de tu abrazo
¿cómo
en el nuevo día tendré sino tu aliento,
sino tus
brazos impalpables entre los míos?
Lloro
como una madre que ha reemplazado al hijo único muerto.
Lloro
como la tierra que ha sentido dos veces germinar el fruto perfecto y mismo.
Lloro
porque eres tú para mi duelo
y ya te
pertenezco en el pasado.
Este perfume
intenso de tu carne
no es
nada más que el mundo que desplazan y mueven los globos azules de
tus ojos
y la tierra
y los ríos azules de las venas que aprisionan tus brazos.
Hay todas
las redondas naranjas en tu beso de angustia
sacrificado
al borde de un huerto en que la vida se suspendió por todos los
siglos de la mía.
Qué
remoto era el aire infinito que llenó nuestros pechos.
Te arranqué
de la tierra por las raíces ebrias de tus manos
y te he
bebido todo, !oh fruto perfecto y delicioso!
Ya siempre
cuando el sol palpe mi carne
he de
sentir el rudo contacto de la tuya
nacida
de la frescura de una alba inesperada,
nutrida
en la caricia de tus ríos claros y puros como tu abrazo,
vuelta
dulce en el viento que en las tardes
viene
de las montañas a tu aliento,
madurada
en el sol de tus dieciocho años,
cálida
para mí que la esperaba.
Junto a
tu cuerpo totalmente entregado al mío
junto
a tus hombros tersos de que nacen las rutas de tu abrazo,
de que
nacen tu voz y tus miradas, claras y remotas,
sentí
de pronto el infinito vacío de su ausencia.
Si todos
estos años que me falta
como una
planta trepadora que se coge del viento
he sentido
que llega o que regresa en cada contacto
y ávidamente
rasgo todos los días un mensaje que nada contiene sino una fecha
y su nombre
se agranda y vibra cada vez más profundamente
porque
su voz no era más que para mí oído,
porque
cegó miso ojos cuando apartó los suyos
y mi alma
es como un gran templo deshabitado.
Pero este
cuerpo tuyo es un dios extraño
forjado
en mis recuerdos, reflejo de mí mismo,
suave
de mi tersura, grande por mis deseos,
máscara
estatua
que he erigido a su memoria.
Hoy no
lució la estrella de tus ojos.
Náufrago
de mí mismo, húmedo del brazo de las ondas,
llego
a la arena de tu cuerpo
en que
mi propia voz nombra mi nombre,
en que
todo es dorado y azul como un día nuevo
y como
las espigas herméticas, perfectas y calladas.
En ti
mi soledad se reconcilia
para pensar
en ti. Toda ha mudado
el sereno
calor de tus miradas
en fervorosa
madurez mi vida.
Alga y
espumas frágiles, mis besos
cifran
el universo en tus pestañas
-playa
de desnudez, tierra alcanzada
que devuelve
en miradas tus estrellas.
¿A
qué la flor perdida
que marchitó
tu espera, que dispersó el Destino?
Mi ofrenda
es toda tuya en la simiente
que secaron
los rayos de tus soles.
Al poema
confío la pena de perderte.
He de
lavar mis ojos de los azules tuyos,
faros
que prolongaron mi naufragio.
He de
coger mi vida desecha entre tus manos,
leve jirón
de niebla
que el
viento entre sus alas efímeras dispersa.
Vuelva
la noche a mí, muda y eterna,
del diálogo
privada de soñarte,
indiferente
a un día
que ha
de hallarnos ajenos y distantes.